En El Salvador, donde amplios sectores de la población han crecido entre brechas educativas, violencia y exclusión, hablar de lectura puede parecer, a primera vista, una apuesta secundaria. Sin embargo, para Zoila Recinos, la lectura no es un complemento del sistema educativo, sino una práctica central para reconstruir vínculos, generar pensamiento y abrir posibilidades reales de desarrollo.
Recinos es cofundadora y directora de Contextos, una organización que desde hace más de una década trabaja en escuelas públicas, comunidades vulnerables y espacios de reinserción social, incluyendo centros de detención juvenil y cárceles. Su trabajo no se limita a la entrega de libros: se enfoca en transformar las condiciones en las que ocurre la lectura, formando docentes, activando bibliotecas y acompañando procesos comunitarios.
En ese recorrido, Contextos ha sostenido una idea simple pero exigente: leer no es un acto individual ni técnico, sino una práctica social que requiere tiempo, mediación y comunidad.
En esta conversación, Zoila Recinos reflexiona sobre los orígenes del proyecto, los aprendizajes acumulados en territorio y los desafíos de construir una cultura lectora en contextos adversos. Su experiencia permite entender cómo, cuando se crean las condiciones adecuadas, la lectura puede dejar de ser una obligación escolar para convertirse en una herramienta concreta de transformación.
¿Por qué decidieron apostar por la lectura como eje de su trabajo y qué entendieron, desde el inicio, sobre su potencial como herramienta de transformación en estos contextos?
Quizás un poquito de la historia de la organización es que es fundada por mujeres docentes. Entonces es un colectivo de docentes que decidimos fortalecer la cultura alrededor de la lectura, que sería el énfasis de nuestro trabajo.
Consideramos que leer, más allá de la decodificación de símbolos, tiene que ver con una práctica social, una de las prácticas más antiguas, pero también de las prácticas sociales que más exclusión pueden prevenir.
Como maestras sabemos que la literacidad permite por sí misma que la persona siga desarrollándose, pero también a nivel social posibilita otro tipo de acciones como la cohesión social.
Entonces, para nosotros es importante entender que la lectura no es solo la lectura por la lectura, sino cómo se vuelve un espacio de encuentro entre la familia, entre los niños y sus entornos, entre los adultos y los niños, como una mirada intergeneracional.
El libro posibilita o es la excusa para juntarnos. Si en algún momento nos juntábamos alrededor del fuego, en la época moderna, ¿alrededor de qué? Para nosotros, el libro y la lectura se vuelven esa práctica esencial.
Creemos que a la base completa de la escolaridad está la práctica de lectura, como el andamio fundamental. Podés pasar todos los grados que querás, pero si no leés como una práctica social, difícilmente vas a poder avanzar en la vida en otros ámbitos. Desde esa creencia, la práctica de lectura se vuelve clave.
También es importante reconocer que para nosotros leer no es solamente un libro. Hablamos del texto como instrumento de creación humana, y el texto puede ser una canción, puede ser una pintura, puede ser un dibujo, una fotografía. Cotidianamente, lo más concreto para nuestras sociedades es pensar en el libro, pero también consideramos otras expresiones humanas y es desde ahí desde donde trabajamos.
Desde esa comprensión de la lectura como práctica social, ¿qué encontraron en el contexto salvadoreño que les confirmó la urgencia de intervenir y cómo ese diagnóstico las llevó a trabajar desde la escuela y a replantear las formas de enseñar a leer?
Uno de los elementos que consideramos fue el índice de analfabetismo, que en aquel momento en el país estaba, si mal no recuerdo, en 16 o 17%. Ese fue un primer indicador que ya nos decía que en las comunidades había una baja escolaridad, pero más allá de eso, también un nivel de analfabetismo altísimo.
Entonces, primero pensamos en desarrollar bibliotecas comunitarias y dijimos que esa podía ser una vía, pero luego empezamos a ver que la infraestructura social para una biblioteca comunitaria era más deficiente.
Entonces había dos obstáculos. Empezamos, como maestras que conocemos el sistema educativo, a notar las prácticas para enseñar a leer. Entonces dijimos: ¿a quién le corresponde naturalmente la vinculación con esta práctica? Y es a la escuela. Entonces dijimos: ¿por qué no trabajar con la escuela como ese motor inicial para poder ampliar hacia la comunidad?
Ahí notamos que las prácticas para enseñar a leer, extrañamente, en nuestro sistema escolar no estaban vinculadas a libros, estaban vinculadas a lecciones, que no es la práctica natural de leer. Tú no lees lecciones fragmentadas; lees textos completos.
Entonces dijimos: vamos a trabajar con los profesores para modificar la práctica de enseñar a leer y escribir, y lo vamos a hacer desde un proyecto concreto que vincule a otros actores, que no deje solo la responsabilidad al profesor, sino que se vea como una responsabilidad social.
Ahí surgió la idea de desarrollar bibliotecas escolares como un ancla para atraer a los padres, al director, a otros agentes de la comunidad y al profesor como el gestor principal.
Luego empezamos a notar que los mismos estudiantes tenían una agencia, y entonces empezamos a trabajar también con colectivos de estudiantes para que fueran parte del proyecto y quienes lo impulsaran.
Así se convirtió en la práctica central de la escuela, ya no solo del primer grado, sino de los diferentes niveles escolares. En ese sentido, el proyecto desde su inicio tuvo esa integralidad, esa integración de diferentes actores.
En relación con las comunidades, especialmente con los niños y niñas, ¿cómo fue su primer acercamiento al proyecto y cuáles fueron sus reacciones iniciales? ¿Cómo ha evolucionado esa relación con el tiempo y qué resultados han podido observar hasta hoy?
Un elemento más que olvidé mencionarte es que en los centros escolares salvadoreños no había muchas bibliotecas. Y las que existían eran bibliotecas oscuras, de estantería cerrada, donde solo el director o alguien responsable podía darte un libro.
No era un espacio accesible para los niños. No era un espacio común escolar, era casi un santuario. Con esa conciencia de que probablemente solo el 1% de las escuelas contaban con una biblioteca activa en aquel momento, las primeras veces que llevamos libros infantiles a los centros escolares fue una novedad completa.
Para nosotros, el libro infantil es una especialidad, no es cualquier cosa; es un libro diseñado para el lector infantil. En El Salvador son sumamente caros, no son tan accesibles. Entonces, para los niños era una novedad total. Recuerdo que llegábamos con cajas llenas de libros y hacíamos jornadas para abrirlas.
Para muchos niños era la primera vez que tocaban un libro nuevo y de calidad. Imaginate 150 o 300 niños abriendo cajas con 3000 libros. Había mucha alegría. Para ese momento ya teníamos un plan con padres y maestros sobre cómo iba a funcionar la biblioteca. Entonces empezamos a crear rutinas y a decidir cómo usar ese espacio.
Para los niños y jóvenes, primero fue la novedad, pero también el poder de entrar a la biblioteca, tomar un libro, ver que no estaba cerrado. Empezamos a trabajar con comités de estudiantes para gestionar el flujo de visitantes.
También invitamos a estudiantes mayores a leerles a los más pequeños durante los recreos, lo cual mejoraba la convivencia escolar y reducía posibles momentos de violencia.
Trabajamos con los maestros en cómo integrar el proyecto a la vida escolar diaria. La respuesta de profesores, estudiantes y padres de familia ha sido de aceptación y crecimiento.
También permitió que las escuelas aprovecharan recursos que ya tenían y no utilizaban. Además, permitió integrar a la comunidad desde otro lugar, no solo de forma utilitaria, sino como participantes en la lectura.
Hoy los estudiantes dicen: “A mí me gusta leer, quiero que otros niños también lean, ya me aburrí de estos libros, queremos otros”. Entonces sí hay una cultura lectora más desarrollada.
Siempre hay escuelas que avanzan más que otras, pero también hay escuelas que sorprenden mucho. En algunos casos, Contextos abrió las bibliotecas a las escuelas y estudiantes.
En ese sentido, ¿cuál es el alcance actual de Contexto?
Trabajamos en 12 de los 14 departamentos del país, con diferentes modalidades. Nacimos con la visión de bibliotecas escolares y formación docente, pero también hemos trabajado solo en formación docente.
Tenemos alrededor de 15 años de trabajo y hemos trabajado con aproximadamente 300 centros escolares. También hemos llevado esta visión a centros de inserción social y cárceles.
¿Cómo han logrado articularse con el Ministerio de Educación?
Ha sido orgánico. Empezamos desde el nivel local: director escolar, nivel departamental, asesor pedagógico. Hasta llegar al nivel del ministro o ministra. Cuando llegás al nivel estratégico, ya hay una cadena territorial que te conoce. Entonces no hablás solo vos, habla el proyecto.
A nivel programático, buscamos vincularnos con el currículo. No le decimos al profesor que haga nuestro proyecto, sino que integre el currículo con el proyecto. Así no competimos con el sistema, sino que lo complementamos.
También participamos en financiamientos más grandes y espacios de discusión. Hemos trabajado en sensibilizar a actores. Recuerdo que alguien nos dijo: “Estos libros son muy caros, ¿cómo los vamos a llevar a 5000 escuelas?”
Y nuestra respuesta era: “Esta es la calidad que cualquier niño merece”. También lo hablamos con financiadores internacionales. No podemos llevar libros de menor calidad a zonas rurales.
Con el tiempo, esto ha influido en una apuesta institucional por libros de calidad en El Salvador. No es solo mérito nuestro, pero sí hemos contribuido. También trabajamos con alcaldes y otros actores.
Nos acercamos al Ministerio de Cultura. Siempre desde una postura de aporte, no de competencia.
¿Cómo miden sus resultados?
Diseñamos pruebas propias para medir comprensión lectora y cultura de lectura. Observamos cómo los niños seleccionan libros. También contrastamos con mediciones del Ministerio. Medimos uso de bibliotecas y participación.
Realizamos campañas como “Tirando la biblioteca por la ventana” en el Día del Libro. Hacemos congresos para maestros y reconocimientos como “El Mango Dorado”.
También lanzamos proyectos como “Recargando historias, fortaleciendo voces”. Este proyecto renovó bibliotecas en escuelas que ya habían recibido libros años atrás. Tuvimos más aplicaciones de las que podíamos atender.
Para cerrar, ¿qué proyectos tienen actualmente y qué reflexión hacés?
Estamos trabajando en “El viaje sincero al origen”, que recuerda que los adultos somos corresponsables de la cultura de lectura. También realizamos “tardes de lectura” en el Teatro Poma. Es un espacio colectivo, de disfrute, de afecto y de pensamiento.
Tiene que ver con un espacio para recordarnos que leer es una práctica colectiva que implica placer, que no podés hablar de cultura de lectura si no disfrutás la lectura, si no estás disfrutando la lectura en voz alta con los niños y las niñas, nada va a pasar.
Es un espacio de afecto, se trata de compartir, se trata de estar juntos y que se trata también de pensar. Leer también es un acto activo.
Entonces, en las tardes de lectura nosotros invitamos a la comunidad en general para que lleguen con sus hijos. No es un espacio solo para los niños, es un espacio para la familia, para leer juntos.
Lo hemos empezado hace como 4 años probablemente con el Teatro Poma. Pero es una práctica que queremos seguir extendiendo a otros espacios. Entonces, por ahí es donde estamos trabajando.
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