PRIMERA ENTREGA
A sus 34 años, Nelson Rodríguez ha dedicado más de una década a acercar los libros a distintos territorios de Honduras. Su camino comenzó en la Asociación Compartir, donde durante diez años trabajó como promotor cultural en proyectos de bibliotecas comunitarias y móviles, una experiencia que marcó profundamente su manera de entender la mediación lectora. De ese recorrido surgió también Los lunes de colores, libro en coautoría con Agustín Montes, director de la Libreria Navarro en Tegucigalpa, que recoge parte de su vivencia en campo y que ha logrado circular más allá de las fronteras, con ediciones en varios idiomas.
Hoy, su labor continúa en un contexto muy distinto. Desde el departamento de Olancho, y de forma independiente, Nelson impulsa una biblioteca móvil en un vertedero, un espacio atravesado por la exclusión y la precariedad, pero también por la posibilidad de construir encuentros a través de la lectura. Sin el respaldo de una gran estructura institucional, su proyecto se sostiene gracias a alianzas, voluntariado y la convicción de que el acceso a los libros puede abrir caminos y transformar realidades.
En esta primera entrega, Nelson reflexiona sobre su trayectoria, los aprendizajes que han definido su trabajo como mediador y los desafíos de llevar la lectura a uno de los territorios más complejos en los que ha decidido trabajar. En una segunda entrega, profundizaremos en los criterios que orientan su selección de libros y dinámicas, los propósitos de su intervención, los cambios que ha observado en los niños, niñas y sus familias, así como las estrategias que sostienen el proyecto y su mirada sobre el alcance real de la lectura en contextos de exclusión.
Has tenido una trayectoria de más de diez años como mediador de lectura. Si miras hacia atrás y piensas en ese joven que comenzó en la Asociación Compartir, ¿cómo describirías esa década de formación? ¿Qué aprendizajes marcaron tu manera de entender la mediación lectora?
La describiría como una década profundamente transformadora, llena de aprendizajes, innovación, resiliencia y una mezcla de emociones, miedos, y más preguntas que certezas.
Cuando pienso en ese joven que comenzó en la Asociación Compartir, recuerdo a alguien con mucho entusiasmo, lleno de energía, nervios y sueños, pero también con una idea bastante limitada de lo que significaba “acercar la lectura”, ya que era mi primera experiencia. Creía que se trataba principalmente de compartir libros: trasladarlos en un vehículo, junto con carpas, sillas y meriendas.
Con el tiempo, entendí que la mediación lectora es, sobre todo, un ejercicio de escucha, sensibilidad y construcción de vínculos. Cada sesión con niños y niñas en diferentes colonias de Tegucigalpa me fue transformando y brindando un panorama más amplio de lo que implica la mediación. Podría decir que uno de los principales impactos fue mi propia transformación personal: el fortalecimiento de mi sensibilidad social, la empatía y el retorno a mis orígenes.
También despertó en mí un deseo constante de dar lo mejor, reinventarme y buscar una conexión genuina con cada niño y niña. Llegué a un punto en el que cada grupo me esperaba con alegría; siempre lo digo: me recibían como si fuera un carrito de helados. En ese proceso, fui incorporando el arte y desarrollando un estilo propio de mediación, integrando la música, el teatro y otras habilidades. Esto me impulsó significativamente y, sobre todo, me permitió descubrir una vocación profunda por la mediación. Más que una retribución económica, esta labor llenaba mi corazón y me brindaba grandes satisfacciones al observar el progreso de los niños. Aunque han pasado diez años, tengo la certeza de que logré aportar alegría y color a la vida de muchos de ellos a través de la mediación.
En cuanto a los aprendizajes, uno de los más importantes fue reconocer que la lectura no es un acto aislado ni exclusivamente académico, sino una práctica social atravesada por contextos, historias personales y emociones. Esto transformó por completo mi manera de mediar: dejé de centrarme en el libro como objeto y comencé a poner en el centro a las personas.
Asimismo, comprendí el impacto que puede tener un libro en la vida de un niño o niña que vive en condiciones de vulnerabilidad, donde el día a día está marcado por la supervivencia y limitaciones como hogares desintegrados o carencia de servicios básicos. Sin embargo, con acompañamiento, empeño y dedicación, estas realidades pueden transformarse. Las oportunidades que surgen a través de la lectura y el impacto que esta puede generar son verdaderamente significativos; puedo afirmar que la lectura tiene un poder transformador.
También fue clave entender que no existe una única forma “correcta” de leer. Cada lector llega con su propio ritmo, sus resistencias y sus intereses, y la mediación implica respetar y acompañar estos procesos sin imponer. En este sentido, aprendí a valorar tanto el silencio como la palabra, así como la participación activa y la escucha atenta.
Otro aprendizaje fundamental fue el reconocimiento del poder de la comunidad. Los espacios de lectura compartida no necesariamente se desarrollaban en contextos formales como la escuela o el aula; mi “salón de clase” podía ser una calle o una cancha de fútbol. En estos espacios no solo se forman lectores, sino que también se construyen confianza, identidad y sentido de pertenencia. Ahí comprendí que mediar la lectura es, en el fondo, mediar encuentros humanos.
Finalmente, algo que ha marcado profundamente mi forma de entender este trabajo es asumir que la formación es un proceso continuo. Cada grupo, cada territorio y cada experiencia te confrontan y te invitan a revisar tus propias concepciones. Esta conciencia de aprendizaje permanente ha sido, sin duda, uno de los motores más importantes de mi trayectoria.
Esta iniciativa autónoma en el vertedero ha sido impulsada principalmente por tu propio esfuerzo, sin el respaldo de una estructura institucional o financiera como la que tenías anteriormente, sino a partir de tu capacidad para tejer alianzas y gestionar apoyos. ¿Qué te llevó a reconocer ese espacio como un territorio urgente para la lectura? ¿Qué fenómenos y variables identificaste en tu exploración?
Tras mi salida de una organización con estructura y financiamiento, tomé la decisión de reorientar mi camino profesional y dedicarme a proyectos personales. Inicialmente, trabajé durante seis meses en otra organización; sin embargo, este período coincidió con el impacto de la pandemia por COVID-19, lo que afectó significativamente mis planes. En ese contexto, emprendí una academia de música como alternativa laboral y creativa.
Vivo en el kilómetro 27 de la carretera hacia Olancho, y diariamente paso frente al vertedero de Tegucigalpa. Ese tránsito cotidiano activó en mí un recuerdo de infancia: mi padre solía llevarme a observar las condiciones en las que vivían muchas personas, como una forma de sensibilizarme frente a las desigualdades sociales. Esa memoria, sumada a mi experiencia previa en mediación lectora, me llevó a reconocer el vertedero como un territorio de alta urgencia social y cultural, donde la lectura podía tener un impacto significativo.
A partir de esa reflexión, identifiqué en el vertedero múltiples fenómenos y variables: condiciones de alta vulnerabilidad, exclusión social, limitado acceso a servicios básicos, precariedad educativa y escasas oportunidades de acceso a bienes culturales. Asimismo, observé dinámicas comunitarias complejas, marcadas por la resiliencia, pero también por la falta de espacios seguros para la infancia y el desarrollo integral.
Reconociendo este contexto, decidí iniciar un proyecto autónomo de mediación lectora en ese territorio. En un inicio, contaba únicamente con mi experiencia y la convicción de continuar mediando. Recuerdo haber compartido esta inquietud con un amigo, Agustín, de Librería Navarro, a quien le expresé: “No tengo recursos materiales, solo mi disposición y el deseo de comenzar”. Su respuesta fue fundamental: me ofreció su apoyo, lo que permitió dar el primer paso.
Posteriormente, se sumaron otras alianzas, incluyendo el apoyo de un centro cultural y la participación de diversos voluntarios, lo que fortaleció la iniciativa. De esta manera, el proyecto fue creciendo de forma orgánica, consolidándose como una propuesta de mediación lectora en un contexto no convencional, pero profundamente necesario.
Como mencionaste, el vertedero es un entorno atravesado por múltiples riesgos y precariedades, donde niños y niñas enfrentan condiciones de alta vulnerabilidad. Desde esa realidad, ¿Qué obstáculos debes enfrentar para sostener un proceso lector ahí y cómo resuelves esas condiciones?
Mi experiencia previa en proyectos de promoción cultural me brindó herramientas metodológicas y pedagógicas clave para iniciar. Como primer paso, realicé una visita de exploración territorial con el objetivo de reconocer el contexto, establecer vínculos iniciales y generar confianza con la comunidad. Durante este proceso, logré identificar a un líder local —propietario de un pequeño negocio móvil— cuya colaboración fue fundamental para facilitar el acceso y la aceptación del proyecto.
Uno de los principales desafíos fue la apropiación de la propuesta por parte de la comunidad, ya que, por lo general, las intervenciones externas en el vertedero se limitan a la entrega de asistencia inmediata, como alimentos o juguetes. En contraste, la mediación lectora representaba una propuesta distinta. Inicié las actividades con recursos básicos —libros, mesas, sillas y un vehículo adaptado— lo que implicó un proceso constante de adaptación e innovación metodológica para captar el interés de los participantes.
Entre los fenómenos observados, destacó la baja autoestima en niños y niñas, así como la limitada exposición a experiencias educativas significativas. Frente a ello, implementé dinámicas participativas, estrategias lúdicas y recursos artísticos que favorecieron la construcción de vínculos, el fortalecimiento de la confianza y el interés por la lectura.
En cuanto a los riesgos de seguridad, estos se gestionan mediante la organización de grupos diferenciados, considerando las dinámicas territoriales y las restricciones de movilidad dentro del vertedero. Esta estrategia permite desarrollar las actividades de manera más segura y contextualizada.
Otro desafío importante ha sido la competencia con intervenciones asistencialistas. En ese sentido, he procurado posicionar la mediación lectora como una herramienta de transformación a mediano y largo plazo, enfatizando el valor de la educación como un medio para ampliar oportunidades y resignificar las realidades de los participantes.
A pesar de las condiciones adversas del entorno, la experiencia ha sido profundamente significativa. Muchos niños y niñas han compartido conmigo sus sueños y aspiraciones, lo que refuerza el sentido del trabajo realizado. Aunque el contexto no siempre ofrece las condiciones ideales, este proceso representa, para mí, una forma de resistencia y compromiso social, así como una fuente constante de aprendizaje y satisfacción personal.
GALERIA DE FOTOS «MEDIACIÓN LECTORA EN EL VERTEDERO»
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