PRIMERA ENTREGA
Editorial Piedrasanta fue fundada en 1947 como “Materiales didácticos Piedrasanta” por los maestros Julio Piedrasanta y Oralia de Piedrasanta. Este proyecto nació de una necesidad pedagógica: la ausencia de materiales didácticos en el país. Lo que comenzó con mapas dibujados a mano en una mesa de trabajo se convirtió, con los años, en una empresa pionera en la producción de libros educativos y, más tarde, en un referente de la literatura infantil centroamericana.
Su hija, Irene Piedrasanta, heredó no solo el legado familiar, sino también la vocación por la educación y el compromiso con la niñez. Bajo su impulso, la editorial amplió su horizonte más allá del aula, dando espacio a la creación literaria, a los autores nacionales y al pensamiento crítico de los más jóvenes. Con proyectos como la revista Chiquirín —una publicación hecha de niños para niños, que durante dieciséis años combinó periodismo, curiosidad y participación infantil—, Irene consolidó una visión donde la lectura se convierte en una herramienta de ciudadanía.
Esta es la primera entrega de nuestra entrevista, en la que Irene repasa los orígenes de Editorial Piedrasanta, la influencia de sus padres y la evolución de un proyecto que ha marcado generaciones de maestros y estudiantes. En una segunda entrega, abordaremos su labor actual: la adaptación de obras de grandes autores de Guatemala y Centroamérica, su trabajo como editora y directora de la editorial, y su continuo compromiso con la literatura infantil.
Irene, nos gustaría que habláramos sobre los orígenes de la Editorial Piedra Santa. Según relata la historia familiar, sus padres, don Julio y doña Oralia, ambos maestros, comenzaron a producir materiales didácticos ante la falta de recursos adecuados en las escuelas de la época. Su padre incluso dibujaba a mano los mapas que usaba en sus clases, y con el tiempo empezó a venderlos entre otros maestros, dando inicio así a una aventura editorial. ¿Podría contarnos cómo fueron esos primeros pasos y qué los motivó a emprender en ese camino?
Bien, pues mira, mis papás eran maestros. Mi mamá estudió en Quetzaltenango y mi papá aquí en Guatemala. Ellos vivieron la época del presidente Arévalo, un tiempo en que los maestros se sentían muy valorados y creían profundamente en la educación. Mis papás vivieron una época de mucho entusiasmo.
Mi papá dibujaba muy bien. A los 14 años ya tenía una gran habilidad para dibujar. Sus cuadernos eran impecables, con dibujos preciosos. Hay mapas de Guatemala, de Centroamérica, anatomía, de todo. Mis papás se casaron en el 45 y comenzaron a trabajar en la ciudad de Guatemala.

Mi mamá necesitaba materiales didácticos y mi papá se los hacía. No había materiales en Guatemala. Entonces mis papás, que eran muy humildes, comenzaron a hacerlos. Como eran maestros, conocían las necesidades de los maestros, y sus compañeros les pedían que se los vendieran. Así empezaron a venderlos, hasta que mi papá se dio cuenta de que no podía seguir dibujando uno por uno.
Justo apareció la tecnología del mimeógrafo, y con mucho esfuerzo compraron uno. Empezaron a reproducir esas hojitas que llamaban tanto la atención, sobre todo los mapas. En esa época nadie sabía cómo era Guatemala, porque el país se había fragmentado y no había mapas actualizados. Los mapas de mi papá se volvieron fundamentales, no solo para los maestros, también para vendedores, periodistas y cualquiera que quisiera conocer Guatemala. Y todo eso fue antes de fundar un espacio físico para la editorial.
¿En qué momento se da la expansión o la definición de crear la editorial Piedra Santa?
Fíjate que tenemos una fotografía muy antigua donde yo debo tener unos tres años, y en la parte de atrás dice: “Material Didáctico Piedra Santa”. Es decir, en los inicios —y durante muchos años después— mis papás no concebían la idea de crear una editorial. No sé si siquiera sabían exactamente qué era una editorial. Ellos sabían que lo que estaban haciendo era material didáctico, por eso pusieron “Material Didáctico”.
Tenemos otra fotografía de ellos en su primera sala de ventas. Se habían trasladado de su casa a la zona 1, en Guatemala, y en una pared de la casa ya estaba escrito en grande: “Material Didáctico Piedra Santa”.
Mis papás fundaron Piedra Santa en 1947. Así que te hablo de 1950, cuando existía ese pequeño rótulo. Hasta los quince años vivimos dentro de la editorial. Durante esos primeros quince años, la casa era también el negocio. Ahí estaban nuestros cuartos, el comedor… todo.
Mis papás contaban que los primeros exámenes escritos que se hicieron en la historia de Guatemala fueron en tiempos de Arévalo. Como ellos ya tenían una imprenta y eran conocidos por los maestros —porque vendían sus mapas y su material didáctico—, fueron quienes imprimieron esos exámenes.
Durante muchos años no hicieron libros, porque no tenían ni la tecnología ni el capital. Hacían mapitas, luego los compaginaban y reunían veinte o treinta en cuadernitos. Así comenzaron, de una forma casera, produciendo esos materiales y vendiéndolos entre los maestros.
Durante mucho tiempo mis papás pensaban que todo lo que la editorial podía publicar debía escribirlo mi papá. Fue hasta que yo me gradué y me enviaron a estudiar a Europa —que era el sueño de muchos intelectuales— que las cosas empezaron a cambiar. Estuve más de dos años allá, y recuerdo que tenía unos veintisiete años cuando, por azar, llegué a la Feria de Frankfurt, en Alemania.
Ahí entendí muchas cosas del negocio editorial. Había elementos que nosotros no teníamos, cómo el concepto de los contratos. Yo fui quien trajo los contratos y se los enseñé a mi mamá, que era la que manejaba el negocio, mientras mi papá seguía dibujando.
Nos gustaría rescatar a su mamá, porque por lo que leímos, ella fue la base de la administración del negocio.
Mi mamá era maestra, pero también se había graduado en contabilidad. Y mi papá no, mi papá era un artista. Mi papá era un dibujante extraordinario, que incluso obtuvo una beca para estudiar dibujo en Europa, aunque nunca pudo irse porque después se la quitaron. Creo que ni siquiera se la quitaron: simplemente se olvidaron de que le habían dado una beca, antes de que se casaran y todo.
Mi papá era una persona que se mantenía dibujando, leyendo y haciendo hojitas. Mi papá hizo docenas de hojas de lenguaje, de ciencias sociales, de historia, de geografía, hasta de matemática.
En cambio, mi mamá no tenía ese espíritu artístico, pero era una mujer muy inteligente. Estudió en un colegio privado solo porque alguien en Quetzaltenango, un amigo de la familia, le pagó los estudios en un centro educativo privado. Me imagino que la vio muy inteligente; en fin, destacó mi mamá ahí y le pagaron sus estudios.
Pero tú sabes que muchas mujeres son más realistas que los hombres y mi mamá era esa mujer realista: idealista, pero realista también. Ella se encargaba de las cuentas, de las contrataciones del personal, absolutamente de todo lo que era administrativo.
Una vez un amigo me dijo: “Mirá, Irene, ¿y tú no crees que qué dichosa tu mamá, que se casó con un artista?” Y le respondí: “Pues mirá, realmente no es dichosa ella; dichoso él, que encontró a una mujer como mi mamá: tan sacrificada, tan trabajadora, tan responsable de todo lo que es pesado en una editorial, de lo cotidiano, de lo que hace que se sostenga.”
La editorial, digamos, estaba en sus manos. Por ejemplo, mi mamá abrió la primera librería, luego la segunda, porque ellos no tenían dónde vender su material. Se lo vendían a los maestros, compañeros de ellos, pero ¿cómo podían extenderse en ventas?
Intentaron vendérselo a las dos o tres librerías que había. Hubo un librero que una vez —me contaron mis papás— les dijo: “Mire, ¿y usted cree que yo por un centavo voy a abrir la caja registradora? Si usted vende cositas de un centavo. Yo no puedo abrir mi caja registradora por eso.”
Bueno, te digo que después el negocio editorial de mi papá y de mi mamá creció enormemente. Mucho más que esos libreros que no habían querido vender su material. Porque de centavo en centavo tenían una clientela enorme.
Irene, usted ha mencionado que la iniciativa de su madre de crear Chiquirín marcó un punto de partida fundamental en su trayectoria, y que esta revista se mantuvo durante dieciséis años publicando contenidos hechos por y para niños, con un enfoque periodístico que abordaba temas sociales, científicos y políticos, similar al de una revista para adultos. Considerando además que lograron sostener un tiraje significativo, ¿podría contarnos cómo consiguieron mantener un trabajo editorial y periodístico de esa magnitud? ¿Cómo se organizaban internamente, cómo funcionaba la distribución, qué estructura editorial tenían y, sobre todo, de qué manera participaban los niños en la creación de los contenidos y en la toma de decisiones?
Bueno, mira, eso fue exactamente como tú lo dices. Mi mamá vino una tarde conmigo —lo recuerdo perfectamente— y en ese momento yo no tenía ninguna orientación hacia la literatura infantil; era muy joven y en Guatemala prácticamente no existía literatura para niños.
En 1974, o quizá un año antes, mi mamá me enseñó una revista italiana llamada Corriere dei Piccoli. Años después supe que era la revista infantil más antigua de Italia. Me dijo: “Chata —así me decía—, ¿qué te parece si hacemos una revista para niños?”. Ahora, con la edad que tengo, pienso que no se le pudo haber ocurrido nada más difícil. Y es que hacer una revista para niños, que además fuera también un periódico, era una tarea enorme. Aun así, la sostuvimos hasta 1990.
Fue una publicación que a veces salía semanalmente. Imagínate: sin computadoras ni tecnologías que ayudaran a los productores o autores. Había que pegar todo a mano, justificar los textos manualmente… un trabajo realmente arduo. Al principio otras personas se encargaron, luego se fueron y terminé quedándome yo a cargo. Con el tiempo se volvió quincenal y finalmente mensual.
Desde el principio tuve una gran admiración por Billiken. Uno de mis recuerdos más antiguos es ir de la mano con mi papá a comprar esa revista. Él la usaba como material didáctico, y para mí era una lectura entrañable. Así que, cuando mi mamá me propuso crear una revista para niños, yo pensé que, al ser una publicación periódica, lo esencial debía ser la noticia.
Los periódicos nacen de la necesidad de información, y nosotros no queríamos hacer un periodismo menor, sino ofrecer a los niños una visión actual del mundo: noticias de entretenimiento, política, ciencia… siempre desde la curiosidad por la realidad que los rodeaba.
Además, el periodismo es un medio donde no se expresa un solo autor —como ocurre en los libros—, sino que participan también los lectores. Ellos pueden dar su opinión, aparecer en entrevistas o incluso poner anuncios. Por eso, la participación de los lectores y la actualidad fueron los pilares de Chiquirín. Con esto, incluso nos adelantamos a revistas como Billiken, que con el tiempo se volvió más escolar y didáctica.
Yo, en cambio, no quería que Chiquirín fuera una revista escolar. Siempre tuve una mala idea de la escuela (fíjate), y me interesaba más que los niños participaran activamente. Te cuento un ejemplo: una vez, en un viaje al oriente de Guatemala, conocimos a un niño en una piscina. Me contó que estaba enfermo del corazón y que le habían hecho una operación llamada cateterismo. Me explicó todo el proceso con una claridad que me sorprendió. Pensé que su historia podía interesar a otros niños, así que le dimos la portada de la revista y dentro contaba todo sobre su experiencia.
En otra ocasión, en Quetzaltenango, encontramos a dos niños cuidando ovejas. Les hicimos una entrevista: cuánto costaban las ovejas, cómo las vendían, cómo las cuidaban. Luego se acercó la madre, y al final ella dijo algo que me marcó: “Mis hijos son delgaditos por la pobreza”.
Yo no sentí que debía hacer crítica. Pensé: “La situación es tan terrible que no hace falta criticar; basta con reflejar la realidad. La realidad hablará por sí misma.” Desde entonces, siempre me ha interesado el pensamiento crítico. Y desde los tiempos de Chiquirín, procuramos crear materiales que ayudaran a los niños a comprender su mundo y su realidad.
Después del cierre de Chiquirín, usted menciona que esa experiencia la llevó a reflexionar sobre el contexto del país y a replantear el rumbo editorial, orientándose hacia la tradición oral y luego a la adaptación de grandes autores como Miguel Ángel Asturias. ¿Cómo fue ese proceso de transición entre el trabajo periodístico de la revista y la creación de una línea editorial dedicada a la literatura infantil? ¿Qué aprendizajes de Chiquirín influyeron en esta nueva etapa?
Fíjate que, bueno, te digo que Chiquirín, para mí, después de 16 años de hacerla, fue un error financiero. De eso no cabe duda, y también fue un error financiero para la editorial sostenerla. Pero lo cierto es que mi papá, mi mamá y yo —los tres primeros que trabajamos juntos en ella— éramos, básicamente, educadores. Educadores. Eso era lo que nos movía.
Cuando decidimos cerrar la revista Chiquirín fue porque, después de mucho leer y viajar, llegué a una conclusión. Fui a conocer Billiken, conocí a Carlos Silveira, su director, y también visité en Estados Unidos y Europa a directores de revistas infantiles. Y llegué a pensar que una revista para niños es un producto propio de países desarrollados, por los costos que implica. No de un país agrícola como Guatemala. Entonces me dije: “¿Qué estamos haciendo nosotros? Estamos de espaldas a la realidad”.
Y eso que, efectivamente, vendíamos entre dos mil y tres mil ejemplares, no solo en la capital sino también en centros educativos de varios departamentos, tal vez unos ocho o diez. Y, con lo fea que era la revista —porque no podía ser bonita—, aun así llamaba la atención. Chiquirín se destacaba por los artículos novedosos que publicaba. No eran cuentos como Cenicienta o Caperucita Roja, sino textos sobre la vida real: la inauguración de un puente, por ejemplo, o temas similares.
Fue entonces que comencé a publicar a algunos escritores guatemaltecos. Veía sus libros y pensaba: “Esto les va a gustar a los niños”. Por ejemplo, textos de Pepe Milla, el primer novelista de Centroamérica, fundador de la literatura centroamericana, que tenía cosas muy graciosas que servían para el público infantil. También adaptamos algo de Rafael Arévalo Martínez. En fin, hice las primeras publicaciones de autores adultos cuyas obras podían servir para niños, aunque en ese momento no me lo planteaba así de manera expresa. Yo estaba muy concentrada en el corazón de Chiquirín: la noticia, el propio niño y la niña.
Pero, cuando cerramos la revista, me quedé de repente con las manos vacías. Pensé: “¿Y ahora qué hacemos en literatura?”. Entonces Publicamos Colorín Colorado, una colección de cuentos y leyendas de Guatemala – que Frieda Morales, una crítica que ha estudiado mucho la literatura infantil del país- considera es la primera colección de tradición oral que se publicó adaptada para niños, en Guatemala.
Después, en 1990, publicamos por primera vez a Miguel Ángel Asturias, con sus novelas y su literatura para adultos. Me encontré con una novela suya, El hombre que lo tenía todo, todo, escrita después de recibir el Nobel. Era una obra de seis capítulos, pero al leerla, tuve un chispazo: el sexto capítulo podría funcionar solo. No necesitaba los cinco anteriores y, a diferencia de ellos, era mucho más accesible, con diálogos, personajes fabulosos y un tono adecuado para niños.
Entonces pensé: “¿Por qué no hacerlo como un cuento para niños?”. Así comenzó esa aventura. Hubo gente que se opuso, como Amo Segala, el secretario de Miguel Ángel Asturias, pero afortunadamente la familia no lo hizo. Yo ya conocía a Miguel Ángel hijo, porque había viajado a Argentina para hablar sobre la publicación de las obras de Asturias, y él me iluminó con otra obra: Los cuentos del Cuyechito, cuya historia es fascinante.
Esos fueron los dos libros que detecté dentro de la literatura de Asturias que podían funcionar para niños. Además, los probé: leí El hombre que lo tenía todo, todo con niños de nueve años, y lo entendieron perfectamente.
Galería histórica de Editorial Piedrasanta
La Dra. Jordana Dym, del Skidmore College, en Nueva York publicó un trabajo académico sobre los mapas producidos por Materiales Didacticos Piedrasanta en sus origenes (2015): “La democratización de la cartografía y lectura de mapas en Guatemala. El caso de la Editorial Piedrasanta y sus mapitas y Geografías Visualizadas”. de la cartografía y lectura de mapas en Guatemala. El caso de la Editorial Piedrasanta y sus mapitas y Geografías Visualizadas”.
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