En los pueblos indígenas, la memoria no suele habitar únicamente en los libros. Vive en la palabra, en los cantos, en los consejos de los mayores y en las historias que pasan de generación en generación. En el caso del pueblo Guna, esa tradición oral ha sido una de las principales herramientas para preservar su lengua, su identidad y su forma de comprender el mundo.
En esta nueva edición de la serie de entrevistas realizada en el marco del Segundo Encuentro de Literatura Infantil Centro de América 2026, les compartimos esta primera entrega de la conversación que tuvimos con Kinyapiler Johnson, investigador, traductor y estudioso de la cultura guna. A partir de su experiencia personal y de su trabajo junto a las comunidades, reflexiona sobre la transmisión del conocimiento, los desafíos que enfrenta la migración hacia las ciudades, la importancia de la lengua materna y el papel que desempeña la tradición oral en la formación de niñas, niños y jóvenes.
Libros para Niños: Para comenzar, nos gustaría que nos contaras quién es Kinyapiler Johnson y cuál ha sido tu trayectoria. ¿Cómo nació tu interés por el estudio de la cultura del pueblo Guna y de qué manera ese recorrido te ha permitido profundizar en su historia, su memoria y sus formas de transmisión del conocimiento?
Kinyapiler Johnson: Permítanme comenzar con un saludo en mi idioma materno, como solemos hacerlo los pueblos indígenas:
Doggus nued emi wagdaradba, sedogidba bemar an idobugwad; an nuga Kinyapiler, an gunadule Banamagiged. Yer an iddoge wis siggwas bemarga an sunmaggoed anmar igarba. (Muy buenos días o tardes, a todos los que me escuchan, mi nombre es Kinyapiler soy guna de Panamá. En primer lugar agradecer por la oportunidad de invitarme a compartir un poco de mi conocimiento.)
Ese fue un saludo para todas las personas que verán y escucharán esta entrevista.
Soy del pueblo Guna, uno de los siete pueblos indígenas de Panamá y el segundo en población. Somos una cultura oral y nombramos a este continente Abya Yala, un término guna que hoy ha sido retomado por muchos pueblos indígenas.
Nací en la comunidad de Ustupu, en la comarca Guna Yala, y crecí hablando dulegaya, nuestra lengua materna. Mi primer gran choque cultural llegó al ingresar a la escuela, donde toda la enseñanza era en castellano e incluso estaba prohibido hablar nuestra lengua. Más tarde, a los catorce años, tuve que emigrar a la ciudad para continuar mis estudios, enfrentando un segundo choque al pasar de la vida comunitaria al entorno urbano.
Estudié Economía y tuve el privilegio de servir a mi pueblo como administrador del Congreso General Guna en dos períodos. Esa experiencia fortaleció mi compromiso con nuestra cultura y me hizo reflexionar sobre cómo muchos jóvenes indígenas se desconectan de sus raíces al migrar a las ciudades.
Con el tiempo comprendí que gran parte del conocimiento guna corre el riesgo de desaparecer con la muerte de nuestros sabios, ya que se transmite principalmente de forma oral. Por eso, desde hace más de veinte años me dedico al estudio de mi cultura y de mi idioma. Aunque mi formación es en Economía, hoy trabajo principalmente en la traducción y en la investigación sobre la memoria y el conocimiento del pueblo guna.
Libros para Niños: Tu migraste a la ciudad, pero no perdiste nunca el vínculo con tu comunidad. ¿Ocurre lo mismo con los gunas que salen para estudiar o trabajar? ¿Suelen regresar o terminan estableciéndose en la ciudad?
Kinyapiler Johnson: Hoy la mayoría de los gunas, especialmente los profesionales, vive en la ciudad por motivos de trabajo. Según los últimos censos, alrededor del 60 % de la población guna reside en zonas urbanas, aunque también existe una población que alterna entre la ciudad y la comunidad.
Para muchos profesionales regresar de forma permanente es difícil, porque en las comunidades hay pocas oportunidades laborales para ciertas profesiones. Por eso, la mayoría desarrolla su carrera en la ciudad.
En mi caso decidí hacer el camino contrario. Al terminar mi período como administrador del Congreso General Guna regresé a mi comunidad. Allí comprendí que el bienestar no depende únicamente de la vida urbana. Trabajé en el campo y, sobre todo, aproveché para aprender de los sabios que aún vivían. Esa experiencia fortaleció mi conocimiento de la cultura guna y reafirmó la importancia de volver mientras ese conocimiento todavía puede transmitirse.
Actualmente divido mi tiempo entre la ciudad y mi comunidad, donde continúo desarrollando un trabajo independiente de investigación.
Libros para Niños: Frente a la migración de una parte importante de la población guna hacia las ciudades, ¿cómo logra el pueblo preservar su identidad, sus conocimientos y su tradición oral? ¿Qué mecanismos permiten mantener ese vínculo entre quienes permanecen en las comunidades y quienes viven lejos de ellas?
Kinyapiler Johnson: Creo que una de las mayores fortalezas de nuestro pueblo sigue siendo su forma de organización. Cada comunidad cuenta con sus propias autoridades y especialistas —como médicos, botánicos y sabios— que mantienen vivos nuestros conocimientos. Prefiero hablar de medicina guna o medicina indígena, porque, al igual que existe una medicina occidental, también existe la nuestra, que ha permitido la supervivencia de nuestro pueblo durante más de quinientos años.
En las comunidades ese conocimiento se transmite de manera permanente gracias a la vida comunitaria. Las reuniones y los espacios colectivos hacen posible que las nuevas generaciones aprendan de quienes poseen ese saber.
Cuando una persona migra a la ciudad esa dinámica cambia, pero los gunas hemos procurado organizarnos allí donde estamos. Existen asociaciones de estudiantes, organizaciones de trabajadores y centros comunitarios donde las personas mantienen el vínculo con sus comunidades mediante reuniones, visitas de dirigentes y actividades culturales.
La danza, por ejemplo, cumple un papel muy importante. En la ciudad de Panamá existen numerosos grupos de danza guna que ayudan a fortalecer nuestra identidad. Del mismo modo, el Congreso General Guna mantiene presencia en la ciudad para acompañar a las organizaciones existentes y fortalecer esa relación, aunque todavía hace falta hacer mayores esfuerzos.
Sin embargo, también enfrentamos un gran desafío. Hay profesionales que, una vez que terminan sus estudios, consideran que el conocimiento occidental es suficiente y dejan de interesarse por el conocimiento guna. Al mismo tiempo, existen quienes piensan que nuestra cultura debe permanecer completamente aislada para conservarse intacta.
Yo no comparto ninguno de esos extremos. Creo que debemos preservar lo más valioso de nuestro conocimiento ancestral y, al mismo tiempo, dialogar con aquellos aportes del conocimiento occidental que puedan fortalecer a nuestros pueblos. No se trata de reemplazar una visión por otra, sino de encontrar un equilibrio.
Como economista, además, me pregunto si el modelo de desarrollo que se nos presenta como ideal realmente ha resuelto los grandes problemas de nuestras sociedades. Países como Panamá muestran buenos indicadores económicos, pero todavía enfrentan profundas desigualdades en salud, educación y servicios básicos. Por eso creo que debemos preguntarnos qué tipo de desarrollo queremos para nuestros pueblos, porque mientras las oportunidades sigan concentradas en las ciudades, muchas personas continuarán migrando y las comunidades seguirán perdiendo población.
Libros para Niños: Mencionabas que el pueblo guna ha logrado mantener una fuerte organización comunitaria, incluso entre quienes viven fuera de sus territorios. ¿Es una experiencia particular del pueblo guna o sucede algo similar con otros pueblos indígenas de Panamá?
Kinyapiler Johnson: Lamentablemente, debo decir que esa forma de organización es muy propia del pueblo guna. Otros pueblos han intentado desarrollar estructuras similares, pero les ha resultado más difícil.
En nuestro caso, la organización siempre ha sido profundamente comunitaria. Hoy vivimos principalmente en islas del Caribe y cada isla constituye una comunidad, lo que ha fortalecido nuestra cohesión. Antes nuestros antepasados vivían más dispersos, pero esta forma de asentamiento ha facilitado la organización colectiva.
En otros pueblos la realidad es distinta. Por ejemplo, el pueblo Ngäbe ocupa un territorio mucho más amplio y disperso, por lo que mantener esa articulación comunitaria resulta más complejo. Aunque cuentan con sus propias autoridades y con un Congreso General, su dinámica organizativa es diferente.
Esa fortaleza también se refleja en la ciudad. Mientras otros pueblos indígenas tienden a dispersarse, los gunas procuramos mantenernos organizados y conservar una identidad muy visible, especialmente a través de la vestimenta tradicional de las mujeres, que continúa siendo un símbolo de orgullo y pertenencia.
Creo que esa fortaleza está estrechamente vinculada con la Revolución Guna de 1925. A partir de ese momento no solo se consolidó nuestro sentido de identidad, sino también una relación distinta con el Estado panameño, basada en el diálogo y la negociación. Por eso, muchas veces nuestra presencia en las manifestaciones públicas es menor que la de otros pueblos indígenas; no porque no existan problemas, sino porque históricamente hemos construido otros mecanismos para defender nuestros derechos.
Esa forma de organización ha sido una de las principales fortalezas del pueblo guna y nos ha permitido mantener nuestra cohesión a lo largo del tiempo.
Libros para Niños: Entre quienes se alejan de las tradiciones y quienes buscan conservarlas sin cambios existe un punto de equilibrio. A partir de esa idea, me gustaría que habláramos de la tradición oral. ¿Cómo se transmiten hoy los relatos, los mitos y los conocimientos del pueblo guna a las niñas y los niños? ¿Qué ha cambiado y qué permanece vigente en esa transmisión?
Kinyapiler Johnson: Como decía al inicio, nuestras historias y nuestra literatura son, ante todo, orales, como ocurre en muchos pueblos indígenas. Esa transmisión comienza desde el nacimiento, a través de los cantos de arrullo que las madres, las abuelas y las tías dedican a los bebés. En esos primeros cantos, muchas veces improvisados, empieza la relación de la niña o el niño con su familia, su lengua y su cultura.
Nosotros tenemos una palabra muy importante: unaet, que significa «aconsejar». Para nosotros, desde que una persona nace comienza a recibir consejos y enseñanzas. Ese aprendizaje continúa durante toda la vida, desde la infancia hasta la adultez, porque el conocimiento siempre se transmite de generación en generación.
Esa práctica se mantiene en las comunidades, pero también muchas familias la conservan en la ciudad. Yo siempre pongo mi propio caso como ejemplo. Mi hija nació en Panamá; su madre es austriaca y yo soy guna. Desde el primer día le pedimos a mi hermana que le hablara y le cantara únicamente en guna. Su madre le hablaba en alemán, yo en español y, además, estudió en una escuela bilingüe. Hoy habla cuatro idiomas.
Esa experiencia me confirmó que la lengua no se pierde por vivir en la ciudad, sino cuando la familia deja de transmitirla. Si una niña puede aprender cuatro idiomas al mismo tiempo, también puede conservar su lengua indígena si esta forma parte de su vida cotidiana desde el hogar.
Después, esa transmisión continúa en la Casa del Congreso, el principal espacio de reunión de nuestras comunidades. Allí se cuentan historias, se toman decisiones y se transmite buena parte de la memoria oral del pueblo guna. Un lingüista que estudió nuestra cultura, Joel Sherzer, decía que la Casa del Congreso era, al mismo tiempo, el municipio, la corte y el lugar donde se preserva nuestra historia.
Cuando las familias viven en la ciudad intentan reproducir esa transmisión desde el hogar. En mi caso, mientras la madre de mi hija le contaba los cuentos de su infancia en Austria, yo le narraba los relatos del pueblo guna. Creo que ahí está la clave: la transmisión comienza en la familia.
Sin embargo, muchas veces son los propios padres quienes interrumpen ese proceso. Algunos piensan que, como sus hijos vivirán y estudiarán en castellano, es mejor enseñarles únicamente ese idioma. Esa decisión, más que la ciudad, es la que termina provocando la pérdida de la lengua.
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