Durante el Primer Encuentro de Literatura Infantil Centro de América, el escritor, periodista e investigador mexicano Adolfo Córdova ofreció la conferencia inaugural, en la que propuso pensar la literatura infantil y juvenil latinoamericana desde la desobediencia, la resistencia y la imaginación. En su intervención habló de libros que cuestionan las estructuras de poder, de la necesidad de una literatura menos eurocéntrica y más conectada con sus territorios, y de la importancia de escuchar las voces de niñas, niños y jóvenes.
Esta entrevista nace como una invitación a volver sobre algunos de esos planteamientos y explorarlos con mayor profundidad en conversación con Adolfo. Más que repetir su ponencia, buscamos acercarnos a las preguntas que quedaron abiertas: ¿qué significa que la literatura infantil desobedezca?, ¿qué lugar ocupan la imaginación, el juego y la poesía frente a los contextos de violencia y desigualdad?, ¿cómo construir un ecosistema literario más diverso y menos centralizado?
La conversación también permite conocer otras dimensiones de su trabajo. Hablamos de Río viento, su obra más reciente, un libro para la primera infancia donde confluyen poesía, oralidad, naturaleza, juego sonoro e imaginación. Y nos detenemos en Linternas y bosques, el proyecto que Adolfo creó en 2014 como un espacio independiente de periodismo especializado en literatura infantil y juvenil, y que articula periodismo cultural, crítica literaria y mediación lectora para construir archivos, mapas, relaciones y preguntas alrededor de la Literatura Infantil y Juvenil.
Así, esta conversación busca ampliar aquella conferencia inaugural y acercarnos al pensamiento y al trabajo de Adolfo Córdova desde distintos ángulos: la literatura como espacio de resistencia, la lectura como encuentro y la necesidad de imaginar otros caminos para la literatura infantil y juvenil en Centroamérica y Latinoamérica.
En tu conferencia inaugural para el primer encuentro de literatura infantil Centro de América 2025 hablaste de algo que tu llamaste como una “rebelión silenciosa” en la Literatura Infantil y Juvenil latinoamericana, donde los libros desobedecen sin necesidad de anunciarlo. ¿Qué se entiende por “desobediencia” en la literatura infantil y juvenil, y de qué manera se ve reflejada esa resistencia?
Al hablar de desobediencia en la LIJ pienso primero, directamente, en las personas niñas y jóvenes. Existen personajes desobedientes en libros que desobedecen los mandatos del pupitre, la bandera, el crucifijo, la pantalla, la familia biológica… porque existen niños, niñas y jóvenes que también los desobedecen. Quizá suene obvio, pero quisiera recordar a las personas que inspiran y participan de la creación de esos libros antes que a los libros en sí. Y cuando pienso en esa desobediencia -en la vida y en la literatura- no necesariamente escucho una consigna o protesta explícita o un contradecir. Aparece primero, me parece, un decir otro, un decir a favor… del juego y la imaginación, con sus muchas metáforas, que puede despertar la colaboración, el humor, la ternura, la escucha y la empatía, tan urgentes hoy, revolucionarias siempre.
Y con ellas y ellos, entonces, una literatura que reconozca, no reduzca, a la infancia y juventud, no sólo como una etapa, sino como un espacio simbólico más allá de las edades, un lugar vasto y movedizo, impredecible, frágil y férreo. Desde allí, curvas que rodeen el deber social y los protocolos; pasadizos, hacia el asombro, la rabia, la tristeza, la duda, la risa, que abracen lo desconocido, con lenguajes artísticos, en colectivo.
Esa desobediencia puede reflejarse en la experiencia e imaginario concretos que retrate un libro y la forma en la que los cuente. La tradición oral y su reinterpretación estética, como ese emblemático y siempre audaz poema narrativo, Un güegüe me contó de María López Vigil y Nivio López Vigil, nuestro clásico, que ojalá leyéramos más en toda Latinoamérica; junto con los cuentos de hadas de Pascuala Corona y Marina Colasanti, por su capacidad de convocarnos y hacer conversar a distintas generaciones. También desobedecen títulos más recientes como Sólo apto mí misma de Sarai Reyes y Juanita Escobar (La Luminosa, 2022, Argentina), un fotolibro que narra el día a día de Sarai, una escritora adolescente en franca resistencia contra el opresivo mundo adulto del confinamiento por COVID, en conversación con Juanita, una fotógrafa que la acompañó durante la pandemia. O La marca de los Reyes de Verónica Linares con ilustraciones de Camila Zelada (Editorial Gisbert, 2022, Bolivia) donde cruzamos el umbral a un mundo fantástico con una niña afrodescendiente: María Candelaria, que revive animales, levita y hace levitar, camina con los ojos cerrados por la selva, ve espectros y brujas del café y canta con tucanes verdes.
Por otro lado, mucha de esta LIJ puede ayudarnos a incumplir esa nueva norma de convivencia generalizada: pasar más tiempo interactuando con un teléfono que con una persona. Quizá esa sea una de las mayores desobediencias que puede propiciar hoy.
Mencionaste que la literatura infantil puede ser tan política como poética. Sin embargo, todavía hay quienes piensan que los libros para niñas y niños deben ser “neutros” o “inofensivos”. ¿A qué te referís con esto neutro, podés profundizar o poner un ejemplo? ¿Por qué o cómo crees que la literatura infantil debe o puede reflejar contextos autoritarios y de violencia que atraviesa la región?
Cuando alguien exige una literatura «neutral», generalmente no está pidiendo neutralidad. Con frecuencia lo que desea es que no se cuestionen determinadas estructuras de poder. Qué historias contamos, qué voces escuchamos y cuáles dejamos fuera nunca es neutro. Una industria editorial que sólo muestra familias blancas acomodadas urbanas también está transmitiendo una visión del mundo, aunque parezca «inofensivo», incluso si se quiere disfrazar esa blanquitud de animalitos de diferentes especies.
La literatura infantil latinoamericana se crea en contextos de violencia, migración forzada, desigualdad, racismo, autoritarismo y destrucción ambiental. Sería extraño que no dialogara con esas realidades. Aunque no siempre aparezcan de manera explícita en contextos concretos. Pienso, por ejemplo, en una novela gráfica mexicana que descubrí recientemente: Lutino de Jozz Ojeda (sepultada por su propia editorial, Planeta, 2024). Una fantasía épica mesoamericana en la que resultan evidentes los paralelismos con la realidad mi país: Ignis y Cinza, lxs protagonistxs, han migrado huyendo de la violencia. “Las personas que tenían que cuidarnos nos lo arrebataron todo”, “Quiero romper este ciclo de sufrimiento”, dicen y yo leo el narco terrorismo de Estado y la inseguridad de nuestra región.
No se trata de convertir los libros en panfletos. La literatura ofrece algo distinto: complejiza la experiencia humana, genera relaciones de cuidado, nos ayuda a imaginar alternativas a conflictos, propone símbolos como amuletos y puede liberarnos de algunas verdades al formular preguntas que permanezcan abiertas.
Hablaste del clasismo editorial y de cómo ciertas obras son silenciadas. ¿Qué tendría que cambiar en el ecosistema editorial latinoamericano para que estas voces no solo sean publicadas, sino reconocidas en igualdad de condiciones? y ¿Qué papel juegan también las lógicas del mercado —y sus exigencias de sostenibilidad— en la visibilización o exclusión de determinadas propuestas?
Creo que necesitamos un esfuerzo más consciente y sostenido de incluir esas otras voces en los diferentes eslabones de la cadena del libro. No basta con publicar diversidad de formas de hacer y ver; también tendríamos que propiciar su circulación, crítica, traducción, premios, presencia destacada en ferias, librerías y bibliotecas, difusión en medios, profesionalización, con estrategias específicas para garantizarlo, para que efectivamente suceda. Nuestras prácticas siguen muy centralizadas. Es un hecho que las personas creadoras provenientes de comunidades indígenas o ciudades y pueblos al interior de un país, por ejemplo, siguen enfrentando mayores obstáculos para ser leídas y convocadas.
¿No sería posible cuestionar las “lógicas de mercado” e imaginar otras? ¿Problematizar los prejuicios sobre las preferencias lectoras con los que decidimos que algo tendrá “éxito” o no? ¿Renunciar a la exigencia constante de novedades (lo que favorece más la compra de derechos que la creación de originales)?, ¿ir destacando nuevamente libros viejos (¡o de algunos años!)? ¿Exhibir en librerías, salas de lectura y bibliotecas menos bestsellers y más variedad de géneros literarios? ¿Fomentar las ediciones modestas y económicas pero cuidadas? Sé que las editoriales necesitan sostenerse, pero cuando las lógicas comerciales se convierten en el único criterio para decidir qué merece existir, se empobrece la bibliodiversidad.
Para cambiar estas lógicas son importantes las alianzas entre editoriales, universidades, bibliotecas, escuelas, centros culturales y comunitarios y diversos espacios de mediación de lectura, sobre todo aquellos que den lugar a lxs propixs niñxs y jóvenes. Articularnos, comunicarnos, aliarnos como gremio es clave (algo que está sucediendo a través del encuentro Centro de América y que me emociona) para garantizar esta diversidad, más en estos tiempos de virajes fascistas en Latinoamérica, así como presionar a nuestros gobiernos para que protejan el ecosistema del libro, asignen presupuestos, fortalezcan las compras, sin austeridades ni condicionamientos ideológicos.
Citaste a Ramón Margalev para preguntarte cómo imaginar un “ecosistema literario donde surjan nuevas especies lectoras”. ¿Cuáles son esas “nuevas especies” que ya están emergiendo en la literatura infantil y juvenil latinoamericana y qué transformaciones ves venir en los próximos años?
Ya desde hace muchos años conocemos a lectoras y lectores que se relacionan con los libros de maneras muy distintas a generaciones anteriores. Niños, niñas y jóvenes que pasan de la fantasía especulativa a la autoficción, del videojuego al juego de rol, que leen simultáneamente manga, novela gráfica, poesía amorosa, álbum ilustrado o fanfiction, en diferentes soportes. También han surgido comunidades lectoras más conscientes de la representación, el cuidado ambiental o la justicia social, gracias a los feminismos.
Aunque, por otro lado, un reverso preocupante: atestiguamos el aislamiento y codependencia tecnológica que favorecen este regreso a los autoritarismos y que cobre fuerza el imperio de los likes y las redes sociales.
¿Qué podemos hacer? Encontrarnos más. En ese sentido, Centro de América es una iniciativa esperanzadora y contracorriente. En un contexto de espejismos individuales, aparece como un oasis. Para mirar en conjunto. Tomé prestada la imagen de los ecosistemas, no sólo porque propicien el surgimiento de especies, también por ser una red que se sostiene y fortalece en conjunto.
Hace poco escuché a María Emilia López decir que la pérdida de oralidad y conversación, de “la mirada conjunta”, es un problema de época que hay que encarar todxs, sin acotarlo a los contextos de crianza, y hace unos años escuché a Yolanda Reyes decir que necesitábamos escribir una literatura que no pareciera generada por IA, porque ya desde antes de la normalización del uso de IA, había “LIJ” que parecía realizada con fórmulas. Veo ahí dos posibilidades para pensar y transformar.
En los próximos años quizá más que inventar nuevas formas de crear, editar y mediar, podríamos cuidar que no se extingan las que ya hemos probado que nos acercan y se quedan entre niñas, niños y jóvenes. Y, en todo caso, pensar nuevas formas de ponerlas a dialogar con presentes interdisciplinarios no digitales y de autorías indígenas, afrodescendientes, comunitarias y colectivas. O al menos eso es lo que me gustaría ver, ojalá que en un futuro cercano la LIJ mire más hacia atrás, cante con tucanes verdes y sea menos predecible.
También mencionaste un escrito de una niña de 12 años llamada Sarai, y afirmaste que estas voces juveniles deberían estar al frente del canon. ¿Qué nos enseñan las voces infantiles y adolescentes sobre cómo narrar la realidad?
Las voces infantiles y adolescentes nos recuerdan que la realidad puede ser admirada y amada desde lugares que las personas adultas hemos dejado de frecuentar.
Esas voces interrogan aquello que damos por sentado y ven contradicciones que hemos normalizado. Además, poseen una enorme capacidad para mezclar imaginación y experiencia cotidiana. Esa combinación puede derivar en formas muy poderosas de narrar(nos). Algunas muy críticas (para muestra basta Mafalda).
La escritura de Sarai -y muchas más no escritas directamente por niñxs y jóvenes pero que construyen esa sintaxis infantil con tino- no sólo afirma una subjetividad, también registra una sociedad contradictoria y opresiva sin perder chispa ni inteligencia. Creo que deberíamos buscar escucharles más, no hablar “sobre” la infancia y la juventud desde arriba, sino con los pies en la tierra que ellas y ellos pisan y nombran.
Al finalizar tu ponencia dijiste que la literatura infantil no es territorio neutral. Es un acto de resistencia, una forma de imaginar la libertad. Si tuvieras que pensar en el futuro, ¿cómo imaginas una literatura infantil y juvenil centroamericana o latinoamericana?
Me gustaría que fuera más plural, más conectada con sus territorios, menos eurocéntrica, menos dependiente de legitimación externa. Más abierta, como decía en mi charla, a muchos centros, muchas orillas y muchas genealogías. Que no tema desestabilizar categorías como “infantil”, “juvenil”, “latinoamericano” o “centroamericano” para repensarlas desde Abya Yala. Con menos saturación del mercado de novedades y más rescates editoriales. Una literatura donde ya no sea “especial” publicar en una lengua originaria, sino que circulen con regularidad libros escritos directamente por creadorxs hablantes de esas lenguas y que cuenten historias en prosa o verso, de todo tipo, historias y poemas donde niñas, niños y jóvenes puedan reconocerse en una diversidad de experiencias. ¡Más hibridación genérica! ¡Más fantasía! ¡Más humor! ¡Y más poesía!
En tu obra reciente, Río viento, explorás la relación entre el agua y el aire a través del ritmo, el juego sonoro y la poesía. ¿Qué buscabas construir en este libro pensado para la primera infancia? Y, en un sentido más amplio, ¿cómo dialoga esta obra con tu trayectoria como autor?
Escribí este poema hacia el final de una semana dando talleres a niñas y niños de distintos pueblos de la cuenca del Río Papaloapan, en mi estado natal, Veracruz, un verano de 2021. Haciéndonos preguntas muy sencillas sobre el río, ¿de qué color es?, ¿tiene sabor?, ¿a qué huele?, ¿quiénes lo habitan? ¿dónde empieza y dónde termina?, ¿siempre es igual? Jugando a inventar respuestas “científicas” y poéticas.
Una tarde viendo el río, muy inspirado y contento por esos momentos, se me ocurrió una nueva invitación: “¿Me creerías / si te digo / que el río / antes que río / fue viento?” Y ahí me seguí escribiendo posibles versos como respuestas. No me dio tiempo de compartir este poema con niñas y niños en ese viaje, pero sé que me influyó su forma de mirar y nombrar.
Creo entonces que buscaba reconstruir ese momento. Quería invitarles a sentarnos a la orilla del río y ver cómo sube y baja la corriente, cómo pasa sin pausa y cambia, igual que el viento, extiende su piel, escribe y borra sus bordes. Que aceptaran mi invitación a jugar con esta pregunta y su revés. Confiaba en la disposición de bebés y niñxs a zambullirse o volar sin necesidad de explicaciones.
Deseaba que Río viento fuera una experiencia, que pudiera cantarse, jugarse con el cuerpo y la voz, que despertara el balanceo y el balbuceo, la escucha y el habla. Me interesaba que sus lectorxs sintieran que el lenguaje puede construir espacios de asombros compartidos, en el que la imaginación y la duda sean el impulso. Y al mismo tiempo abrir nuevas preguntas: ¿podemos ampliar los márgenes de lo que somos?, ¿cuál es nuestro pasado común?, ¿qué éramos antes? Algún mediador después de leer el libro me cuestionó si eran preguntas para bebés. Yo creo que sí. No sólo porque se pregunten por el origen, sino también por la musicalidad de las palabras. Además, ya como álbum, con las maravillosas ilustraciones tiernas y audaces de Mariana Alcántara, las y los bebés y niños y niñas pequeñas muestran mucho interés.
Y Río viento dialoga con dos poemarios anteriores Infinitos y Escondida, que celebran el mundo interior, como si fuera un volcán o un jardín. Creo que en general en todo lo que he publicado confluyen la poesía, la oralidad, la naturaleza, la fantasía y las ganas, siempre, de convocar a una persona lectora en la que creo.
Nos gustaría finalizar retomando uno de tus proyectos más emblemático, me refiero a Linternas y bosques. Contanos un poco ¿Cómo surge esta iniciativa y qué búsquedas la sostienen? ¿De qué manera se articula con tu visión de la literatura infantil?
Linternas y bosques nació en 2014, una vez que había terminado un máster en libros y literatura infantil y juvenil y con ganas de sostener un espacio independiente, ciudadano, de periodismo especializado en literatura infantil y juvenil.
Es un blog que se suma a una conversación que desde hace décadas han impulsado especialistas y mediadorxs de lectura en Iberoamérica con la convicción de que la LIJ requiere de una lectura crítica, de un archivo, un modo de ir trazando mapas, relaciones y preguntas.
Intento trenzar periodismo cultural, crítica literaria y mediación lectora, que son, para mí, complementarios. Incluso, quizá, diferentes formas de responder a un mismo tipo de preocupación o compromiso social y artístico.
Como he dicho en algunas de mis entradas con selección de libros, valoro en mis búsquedas, al leer, la continuidad y la ruptura, la tensión entre lo familiar y lo extraño, esa capacidad que tienen algunas obras artísticas de resonar en ti y agrandar tu caja de resonancias. Ando tras esos libros que revelen singularidad en el cómo y/o en el qué, donde encuentre distintas formas de ser niño, niña, niñe poco retratadas, pero que, al mismo tiempo, me resulten cercanas, consigan conmoverme, me hagan ir a un territorio común, en común.
Eso es también el blog, para mí, el centro de mis prácticas, un lugar para reflexionar y, sobre todo, una comunidad. Linterna en mano, bosque adentro, ¡ahí nos vemos!
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