SEGUNDA ENTREGA
Tras la primera entrega dedicada a recorrer la historia de la editorial Piedrasanta y su aporte pionero a la literatura infantil en Guatemala y Centroamérica, presentamos esta segunda conversación con Irene Piedrasanta, heredera y continuadora de un proyecto editorial que ha marcado generaciones de lectores y una de las voces más sólidas y experimentadas del sector.
En esta ocasión, Irene desplaza la mirada de la memoria institucional hacia un tema que considera fundamental: el papel que deben desempeñar los Estados en la promoción de la lectura y en la construcción de políticas públicas que garanticen el acceso de las infancias a libros de calidad. Piedrasanta insiste en que la literatura infantil no puede quedar únicamente en manos de esfuerzos privados, voluntades aisladas o proyectos intermitentes; necesita institucionalidad, presupuestos estables y visión de largo plazo.
Esta segunda parte complementa la mirada iniciada en el diálogo anterior: si antes conocimos el origen, las decisiones editoriales y la vocación cultural de Piedrasanta, ahora Irene amplía la discusión hacia el terreno donde ese trabajo debe encontrar apoyo real y sostenido. Su llamado se orienta a reflexionar que sin compromiso estatal, la lectura no llegará a todas las niñas y niños como un derecho, sino como un privilegio.
En la conversación anterior usted mencionó que identificó el sexto capítulo de la novela de Miguel Ángel Asturias como un texto con potencial para adaptarse a la niñez. Estaba explicando cómo lo reconoció y cómo lo transformó en una historia para niños. ¿Qué elementos encontró que le permitieron hacer esa adaptación?
—Después de dieciséis años trabajando intensamente en una revista para niños, uno comprende qué les gusta y qué puede servir como lectura. Ese contacto cercano —con Chiquirín, con lectores infantiles, con sus reacciones— te permite identificar diálogos y estructuras que funcionan. Percibí que había un cuento entero en ese capítulo. Creo que a Asturias le pidieron una novela para jóvenes y no era su registro. Escribió capítulos sueltos que luego unió. Un escritor me dijo: “Esto no es una novela; son cinco o seis capítulos atados por un hilo: El hombre que lo tenía todo.” Son episódicos y, por tanto, separables.
Desde un punto de vista político y considerando el contexto centroamericano y guatemalteco: ¿cuál es la importancia de acercar literatura de calidad a los niños, autores como Asturias o Salarrué de El Salvador, en contextos tan conflictivos?
—Autoras como Margaret Meek sostienen que las historias bien contadas ayudan a los niños a aprender a leer a un nivel muy superior al de los libros de lecturas corrientes. Meek investigó la literatura infantil y afirmó que las buenas historias hacen que los niños se conviertan en lectores asiduos. Eso implica desarrollar un “paladar literario”: vocabulario rico, deleite por el lenguaje, comprensión implícita de la estructura narrativa y de los personajes. La literatura crea placer y, eventualmente, pensamiento crítico.
Además, la literatura contribuye a la identidad. Bruno Bettelheim decía que la función principal de la educación es que los niños le encuentren sentido a su vida; parte de eso es conocer el entorno, tradiciones, comidas, palabras y códigos culturales. Si los niños solo leen obras extranjeras, ¿cuándo desarrollarán orgullo por su identidad? La literatura infantil debe acercarles lo mejor de su entorno. Para eso necesitamos buenos escritores, artistas y ediciones.
Recuerdo en la Feria de Bolonia haber visto libros para niños que parecían obras de museo; alguien me dijo: “A los niños hay que darles obras que sean como museo”, y eso me quedó. Debemos darles lo mejor, aunque no siempre sea costeable o accesible. Debemos intentarlo.
Muchos proyectos dirigidos a la niñez enfrentan desafíos de sostenibilidad y visibilidad. En Centroamérica han existido múltiples iniciativas, pero muchas nacen y mueren. ¿Cómo se puede garantizar que estos proyectos perduren y lleguen a nuevos públicos, y qué papel deberían jugar autores, editores, instituciones y otros actores en ello?
—Centroamérica ha sido y sigue siendo fértil literariamente. Tenemos grandes escritores a pesar de la pobreza y la inestabilidad, y esa dualidad plantea preguntas: ¿cómo conservar y dar continuidad a iniciativas que vinculan escritores y sectores populares, especialmente niños sin acceso? Muchos eventos nacen y mueren; ¿cómo lograr sostenibilidad? ¿Qué necesitan los organizadores? ¿Cómo puede la comunidad internacional ayudar para que estos proyectos prevalezcan?
Hay varias vías. Primero, los autores para adultos deben reconocer la importancia de la literatura infantil y no dejarla en último lugar. En Centroamérica Cuenta, la mesa de literatura infantil fue a las 11 de la mañana en una galería pequeña, mientras que una mesa sobre cómo leer a Asturias ocupó la noche en un gran escenario. Si ni los propios escritores dimensionan la importancia de la literatura infantil, cuesta generar público.
Urgimos a encontrar nuevos públicos: jóvenes y niños. Es necesario que los ministros de educación y cultura den relevancia a la literatura infantil. El encuentro Centro de América fue un paso: nos conocimos, vimos que somos un rompecabezas fragmentado pero con potencial de unirse. Sin embargo, seguimos siendo en su mayoría sector privado o semiprivado; me encantaría ver al Estado asumir su papel, aunque eso no siempre ocurre.
Un buen ejemplo fue la Universidad Rafael Landívar: reunió a maestros, padres y niños para enseñar a leer a Asturias con metodología, cátedras y especialistas. Fue notable porque precisamente la universidad había eliminado la cátedra de literatura infantil en la formación docente; ahí se demostró que sí se puede hacer un trabajo serio y piloto que podría generalizarse.
Continuando en esta línea de que en Centroamérica han habido muchas experiencias en cuanto a esfuerzos en la promoción de literatura infantil, como por ejemplo Libros para Niños desde su naturaleza de organización de sociedad civil o la Editorial Piedrasanta como iniciativa privada, y considerando que ya señaló que los autores y las instituciones del Estado deben reconocer la importancia de la literatura infantil, ¿qué estrategias y condiciones cree necesarias para que los libros realmente lleguen a los niños, y cómo podrían coordinarse Estado, escuelas y organizaciones civiles para fortalecer ese acceso de manera efectiva y sostenida?
—En cierta ocasión había escuchado una discusión sobre bibliotecarios y cierta rivalidad entre bibliotecarios de biblioteca infantil y bibliotecarios de aula. Algunos critican que los de escuela no saben promover la literatura en el aula. Pero la escuela es el medio, no hay otro. Cuando lanzamos Chiquirín intenté acercarlo a lugares masivos —una vez hasta a un partido de fútbol— y no funcionó. La literatura infantil funciona en el aula porque ahí está la población infantil y los padres esperan que se enseñe lectura.
Las ONG son complementos necesarios ante la ausencia del Estado, pero no pueden sustituirlo. La existencia de muchas ONG refleja la falta de cobertura estatal. Libros para Niños hizo una labor titánica que el Estado no asumía, y eso ejemplifica la limitación del alcance privado.
Recuerdo que en 2015, con el aniversario de Asturias, el Ministerio de Educación lanzó un subprograma Leer en familia con metodología y recibió 700.000 cartas de niños. Solo el Estado puede movilizar esas cifras. Los esfuerzos privados logran números modestos en comparación. En proyectos como Cuéntame tu cuento hemos alcanzado hasta 300 inscripciones, lo cual ya es mucho para lo que puede sostener el esfuerzo privado. La presencia territorial, la red de distribuidores y librerías también es clave. En Guatemala hay solo algunas localidades donde realmente se venden libros, según estudios.
Asimismo, hacen falta leyes del libro y políticas nacionales de lectura en la región. En otros países esos marcos imponen responsabilidades a ministerios y alcaldías, con planes, mediciones y presupuestos reales. Con presupuestos mínimos no se puede avanzar.
Las ferias son esenciales: atraen públicos que no han ido a librerías ni bibliotecas, mueven la economía del libro y convocan a empresas. Guatemala ha logrado consolidar su feria; Costa Rica también. Las ferias son indispensables, aunque requieren muchos elementos adicionales para explotar su potencial.
¿Cree que espacios como el encuentro Centro de América pueden servir como catalizadores para integrar la literatura infantil en grandes ferias y eventos, y fortalecer la formación de docentes y promotores de lectura?
—Creo que sí. Por ejemplo, Costa Rica llevó a personas del Ministerio de Educación, lo cual me pareció excelente. Las instituciones estatales tienen que formarse en estos espacios. En Guatemala, desafortunadamente, no llegó nadie del Estado, aunque éramos anfitriones. Es fundamental que el Estado asuma su deber para que los esfuerzos no sigan fragmentados.
Vi allí gente admirable: promotores de lectura, bibliotecarios, autores que persisten. Estoy convencida de que nuestra literatura infantil no será la misma después de este encuentro, pero necesitamos que los Estados implementen políticas.
La Universidad Rafael Landívar demostró cómo llevar a Asturias a las aulas, formando docentes y usando teatro y métodos adecuados. Eso es replicable.
Este encuentro Centro de América puede ser un buen inicio. Ojalá obtenga apoyo y participación.
Compartimos un artículo publicado en el Diario de Centro América el 10 de junio de 1983:
Irene Piedrasanta: Hacia una política nacional del libro.
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